martes, 24 de septiembre de 2013

Cada vez que volvés



Hace mucho no tropezaba. Hace mucho no venías.
Volvés, y tropiezo de frente. Y caigo. Lento e insufrible.
Como se derrumban los gigantes.
Inerte. Incapaz de reaccionar.

Me diluyo inclinándome hacia al frente con los brazos extendidos, quizá queriendo protegerme del inevitable golpe, o quizá quieriendote recibir, esperando tocarte, esperando sentirte mía, un segundo más, antes de derrumbarme, ante vos, como quien soy realmente;
 soy la melancolía, la incapacidad, el amor.

Soy la inocencia, la peor de las inocencias, la que nadie quiere ser;  el perro azul, indigno, más invisible que azul. El que espera un chasquido de dedos para imaginar un aluvión de caricias.

Caigo, sin poder evitarlo, cada que volvés.
Caigo, sin querer evitarlo.
Me dejo ir, esperando no olvidarme en el abismo en el que me hundo, cada que volvés.

Mi pecho se había acostumbrado al miedo de hacerle frente a las balas, al frío de la realidad. Al peso de la resignación. Se había acostumbrado a estar lejos del suelo, del concreto donde, cada que volvés, resido sin oportunidad de levantarme, sin voluntad de reivindicarme.

Aunque no pueda evitarlo, cada que volvés, me dejo ir, fingiendo resistirme, fingiendo temor al golpe. Pero esperando llegar pronto hasta abajo, donde te encontraba siempre, en lo profundo, acá… muy adentro. Abajo en el suelo. Abajo en el fondo de mí.  

Mis ojos se habían acostumbrado a mirar al frente, lejos del cielo donde se encontraban soñadores. Donde el azul, y no el de la inocencia, los invitaba a brillar. A parpadear repetidamente, queriendo combatir mis desaires. Donde solidarios se enjugaban al nublarse mi mente, al cansarse de no comprenderme, de no comprenderte, de no verte volver.
Se habían acostumbrados, cafés y ordinarios, a tampoco mirar al suelo, a no patear las piedras de la calle como queriendo drenar el amor y el odio en pequeñas descargas.

Pero cada que volvés los traiciono. Me tumbas desde el cielo hasta el suelo.  Los obligo a estar a milímetros, donde son inservibles, donde el polvo los lastima, donde sollozan por haberme perdido por haberte perdido.

Mis manos se habían acostumbrado a estar limpias. Sin temblar más de intriga.
Sin los raspones de la ilusión, sin los recuerdos que se incrustan en la palma.
Que sangra, que palpa la superficie buscándote. Buscando algún indicio de vos.

Desesperadas me invitan a levantarme, prometen ser mis aliadas en busca de una salida.
Pero ya caí en vos. No quiero levantarme. Y caigo. Y no quiero levantarme.

Inmóvil me entregué al frío de la superficie, no quiero levantarme para sentir de cerca de tu calor. Para percibir tu aroma delirante. Para sentir en mi pecho tu rastro que marca vidas y pisotea suspiros. Para darle la espalda a tu ausencia.

Cada que volvés, caigo.

Cada que volvés no quiero levantarme.

Cada que volvés recuerdo que te fuiste.

miércoles, 24 de julio de 2013

Despertar fugaz



Vivía entonces el peor momento de su vida. No una mala época de quejarse, seguir andando, estar mejor, quejarse y reprimir. Era de verdad el preciso peor momento de su vida; con nombre de día, horas y minutos. Recién había despertado, y tras volver en razón se sorprendió postrado en el suelo de piedra áspera y moldeada de un lugar del cual no poseía memoria alguna. Tras asegurarse de haber abierto sus párpados hasta más no poder, después de pasar sus manos frente a sus ojos una y otra vez, incluso a pesar de limpiarse la imaginada suciedad de su cara con su camiseta, seguía sin distinguir las texturas de piedra que palpaba, sin mirar el charco de agua en el que acababa de consumir su mano izquierda, precisamente por no verlo. 

Todo era oscuridad, una profundidad desesperante como cuando analizamos lo vulnerable de nuestros seres. Sentía una endemoniada garra dentro de su cuerpo oprimiendo sus entrañas, haciendo tan fuerte el latido de su corazón que sentía la necesidad de abrir la boca para dejarlo salir, para no ahogarse en sí mismo. Era sin duda su peor momento, y no tenía idea de cómo hacerle frente o si quiera de cómo aceptarlo como realidad… sin embargo, faltándole el aire, y queriendo no creerlo, se obligó a sí mismo a llegar a la agobiante conclusión de haber perdido la vista. “¡¿La vista?!” se lamentó, intentando arrancarse el poco pelo que nadaba entre sus dedos. ¿Qué otra respuesta podría darse? ¡Si no veía una mierda! ¿Qué sería de su vida en adelante? La misma no tendría sentido ahora que no la podía ver pasar. ¿Y la podría recordar sin verla? 

Pensó en el cielo, siempre lo encontró sorprendente por imponerse majestuoso pero diferente todos los días. Y diferente siempre, no sabría más como recordarlo. Pensó en sus memorias; los sonidos, olores y sensaciones nunca habían sido tan importantes, eran solo parte del contexto. Pero su visión era su memoria, y su memoria: su vida. Porque la vida, hay que vivirla para contarla. No la va a contar nadie más. Los nietos no se enamoran del abuelo por lo que digan de él, lo hacen por lo que él pueda decir, y las historias del abuelo, son su vida. Ya ni abuelo podría ser. “¿En qué estupidez estoy pensando?” se percató, naufragando en angustias. Se había dado su peor noticia, y ya pensaba en personas que apenas nadaban en el mundo de los posibles. 

La realidad le apretaba el pecho y conectaba ganchos de campeón mundial en su hígado, él, que sabía de qué se perdería, ¡ahora era ciego! Habría preferido ser mudo y dedicarse a escuchar, o ser sordo y sacrificar el virtuosismo de la música, o preferiría estar muerto… “¿En qué estupidez estoy pensando?” se descubrió, divagando de nuevo en la viscosa sustancia de sus pensamientos que intentaba cambiar su preocupación por irracionalidad, y lo alejaba peligrosamente de su cordura.

Había pasado mucho tiempo desde que volviera en razón, y no había hecho mucho más que llevar sus manos a su cabeza y esconderla entre sus rodillas. Entumecido por su abrumadora situación no se había molestado por averiguar dónde estaba, o de dónde venía, y fue cuando una punzada detrás y debajo de su ojo le recordó el exagerado dolor que precedía su despertar en la oscuridad. De seguro ese dolor era el causante de su repentina ceguera, el golpe algo le habría desconectado o mallugado por dentro. Comenzó a palpar con su dedo índice las consecuencias del golpe en su cara, y dio cuenta de que el gran afectado era su pómulo, y no su ojo como pensó, además, lo podía abrir y cerrar sin mucho esfuerzo. Se levantó apoyando su mano derecha en el charco de agua sucia, precisamente por no verlo, deslizó las palmas de sus manos por la pared, descubriendo que era la misma piedra áspera del suelo, continuó palpando hacía su derecha y encontró la conjetura que recibía a otra pared, siguió hasta dar con las otras dos paredes de poco menos de dos metros que lo encerraban en un cubículo sin escapatoria. ¿Cómo había llegado ahí? Brincó con las manos extendidas al cielo para alcanzar algún techo, pero parecía no ser lo suficientemente alto. Terminó sentándose de nuevo.

A pesar de que el golpe lo había dejado inconsciente debía recordar algo previo a dicho momento. Irónicamente cerró sus ojos para concentrarse en recordar… y escuchó los murmullos, la risa nerviosa de una mujer que se cohíbe, el roce entre las yemas de los dedos y las teclas del piano que reproduce la delicadeza de Debussy, y sintió su piel estremecerse al contacto con el sol, y observó el tono sepia de ese atardecer a contraluz, con el destello del sol cambiando de forma y de color a través de los vitrales de la cafetería, la que está al lado del viejo y elegante puente de acero, la de la terraza con sombrillas y mesas, la elegida para encontrarse a escondidas. La nostalgia lo paseó en el limbo de entre sus recuerdos y la realidad, hasta que resonó en su dolor la parsimonia del caos: la sorpresa, las excusas, el intento de hacer entender al Coronel sus buenas intenciones, el olor de la angustia hecha sudor y maquillaje, Emma, su musa, la hija del Coronel, el forcejeo con el Coronel, su dedo presionando el gatillo, los gritos, el frío en la espina dorsal que provocan los errores, el culatazo en la cara…

No acababa de drenar su vida entre lamentos a causa de su ceguera, y su más reciente recuerdo, cuando escuchó pasos por encima de su cabeza, una voz gruesa preguntaba si era ya la hora, mientras el abrir de una puerta dejaba entrar una melodía conocida, música reconfortante. Los pasos se acercaron con pesadez, arrastrando los talones y levantando polvo, y se escuchó el crujir de bisagras de metal que se extienden al abrir una compuerta. De repente, el blanco de la pureza, de la vida misma, una claridad inefable, inundó el cubículo de piedra con más luz de la que había visto jamás, y más de la que esperaba volver a ver. Se puso de pie y alzó su renovada vista hacia la fuente de luz, que en el preciso momento fue interrumpida por una gorda cara que se asomaba a la compuerta por la que apenas podría pasar una personas, y ciertamente no sería el cuerpo al que pertenecía aquella redonda cabeza. El sujeto desconocido lanzó una cuerda, y sin esperar indicaciones él se la ató a su cintura, y el tipo gordo empezó a subirlo hacia la salida halando de la cuerda.

Fueron largos segundos; ¡no estaba ciego, maldita sea la razón, no estaba ciego! Llegó a la superficie con el júbilo impregnado en su cara, no podía comentarle nada al desconocido, pero su sonrisa era inevitable, había logrado escapar de aquel purgatorio de piedra, y podía ver de nuevo. – Su sonrisa no tiene justificación, imbécil – inquirió el robusto tipo, al mismo tiempo que esposaba sus manos y le indicaba seguirlo. Salieron de esa habitación a otra donde una vieja radio entonaba aún el Claro de luna, de seguido hacia su derecha se extendía un largo pasillo que solo tenía una salida, hacia su izquierda al final del mismo.

Al salir a un jardín raso, de puro césped, de inmediato reconoció al general Elías Caparzo, quien portaba un lienzo en su mano derecha, y junto a él, el pelotón de fusilamiento. No pudo hacer más que recordar de nuevo; el inicio de su libro preferido, su deprimente etapa de ciego, Emma, el cielo… miró hacia arriba, y lo recordó diferente, como siempre.


– Cadete, usted ha sido condenado al fusilamiento por alta traición a la patria, y por el asesinato del Coronel Aurelio García. – explicó leyendo el general Caparzo. – ¿Tiene usted algún último deseo?


– ¿Podrían vendarme los ojos?

domingo, 10 de marzo de 2013

Introspección





Se encontró sentado en la vieja butaca de cuero, abrazado de la soledad, como siempre había pensado que le gustaba más estar. Viviendo su engaño, lejos de las máscaras que juzgan y de los dedos que señalan, pero cerca de sus propios diez que empezaban a retorcerse como en un atrofiado intento de volverse en su contra, de señalarlo a su favor. Era la hora, suponía, de armar el rompecabezas que arrastraba en su cabeza desde hacía más de veinte años, que siempre estuvo resolviendo y del cual siempre estuvo consiente. Para después sería tarde. Sus dedos se habrían rendido y no querrían mas señalarlo ni ayudarle a escribir. Entonces la piedra angular sobre la que estuvo en pie toda su vida estaría lista también para recoger sus maletas, ya listas, y emigraría hacia la ambición donde sería valorada justamente… lejos del solitario, del confianzudo imbécil que supuso siempre tenerlo todo bajo control.

Su rompecabezas: un papel infinito y un lápiz espinoso, era el único que estaba dispuesto a esperarlo más allá del tiempo, además de su lejana musa. Sin embargo, ese rompecabezas, el que solo puede ser descifrado cuando se impregna la tinta en el papel necesitaba de una antesala para ser resuelto. Un lavado profundo, una verdadera purificación.

El solitario al fin logró recordar cómo moverse. Sus manos eran reliquias adheridas a su cabeza, en un eterno gesto de impotencia, del que ni el sabio, ni el rico ni el pacifista han logrado librarse a través de tantos siglos. Se puso de pie, temblando, dudoso, como quien se hubiese olvidado de tener cuerpo por mucho tiempo… y divagó. Caminó de un lado a otro, recorriendo cada rincón de esa maldita hermosa casa, el único testigo real de todos sus pecados y benevolencias, que escondía en silencio entre las hendijas de sus tablas de roble como el que más fiel amigo fue jamás.

Logró hacerse campo entre la tormenta que azotaba sin piedad la cocina, y encontró la pila. La fuente de agua procesada y viva. Pulcra, como la recordaba desde aquella última vez en que la había usado hace diez años, cuando en medio de su -inventada- leve demencia senil corrió a ella para arrancar de la yema de sus dedos la costra de los problemas ajenos que son propios, y que empezaban a carcomer su alma, y sus preciados dedos.

Y desató los hilos que mantenían completa su cabeza, y abrió la tapa de su cráneo y lo puso todo afuera, todo en la pila. Con mucha dedicación, casi exponiendo su amor propio, comenzó a lavar cada centímetro de su ser. Lavó durante horas, sin inmutarse por el paso del tiempo que poco a poco ya no lo destruía, pero que seguía sin crearlo. Y se aseguró de pasar por cada pequeño rincón, por cada sentimiento, cada recuerdo, y cada sensación. Hasta que el veneno empezó a emanar, huyendo en estampida con la misma cara de desesperación con la que él se había encontrado a si mismo horas antes sentado en la butaca de cuero. Y cada gota de ese veneno mortal fluía apurada en una marcha de resignación, entendiendo que podría corroer eternamente las tuberías de la vieja casa pero nunca más el alma de aquel solitario.

Entonces, sólo entonces, logró regresar a la butaca. Intacto, diáfano, como la primera mañana de un año que recién emprende su viaje. El rompecabezas estaba ahí, con su papel infinito y su lápiz espinoso, esperándolo como lo hubiese hecho por siempre. Entonces, sólo entonces, con sus dedos libres de la maldita atrofia, logró empezar a resolverlo, ¡logró empezar a escribir!. Y entonces, solo entonces, en un rayo de lucidez, en un segundo retrospectivo, comprendió que era de nuevo el principio de un ciclo eterno.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Pies descalzos [Crónica]

De entrada el recibimiento lo da un rotulo que enuncia el nombre del templo, es lo único inteligible. Más allá: letras chinas, estatuas de Buddha – de esas que se ven en cada restaurant de comida china –, flores de loto, colores: rojo y dorado principalmente, más flores de loto, imágenes de dragones, candelas, más letras chinas, telas extensas colgando del techo, más estatuas de Buddha. Un señor de ojos rasgados, con la cabeza rapada, envuelto en telas, y con una sonrisa amable, abre las puertas sin pronunciar una palabra. Ni siquiera para devolver el saludo. Solo mira fijamente los zapatos del visitante hasta que este entiende que, para entrar, debe deshacerse de ellos.

- Buenos días, espero no haber interrumpido.

El monje sonriente, se lleva su dedo a la boca en señal de que debía hacer silencio. En otras palabras, si había interrumpido. Cada día de 5 a.m. a 9 a.m. en el templo se realiza la primera meditación silenciosa del día, para sus miembros, y sus visitantes. En dicho momento eran las 8 a.m. Tendría que permanecer en silencio por al menos una hora, observando nada más. El monje sonriente, del cual terminaría la historia sin saber su nombre, había abierto las puertas por pura amabilidad, y porque días antes había anunciado que llegaría ese día en la mañana.
Al entrar al templo el monje sonriente sigue su camino, y deja de prestar atención al visitante. Se dirige hacia el Zendo. El visitante tendrá que esperar hasta las 9 a.m. para tener importancia en el lugar; en este momento a los miembros del templo solo les importa estar en el Zendo –habitación para meditar–, sentados en su Zafu –cojín redondo sobre el cual se sientan a meditar–, con los ojos cerrados y de frente al gran altar donde se encumbran tres enormes Buddhas con vestiduras doradas, sentados sobre flores de loto.

Este escenario podría estarse desarrollando en China, Japón, o cualquiera de todos los países del continente asiático, ya que en todos se practica el budismo. Sin embargo, dicho templo se encuentra en Pavas. En San José. En Costa Rica. Ni el mismo Siddharta Gautama habría de imaginarse que sus enseñanzas llegarían hasta estos recónditos pedacitos de tierra, apenas conocidos en la actualidad mundial, y de inconcebible existencia en aquel entonces.
La verdad del caso es que en Costa Rica, habita la mayor cantidad de budistas de todo Centroamérica. Y este templo puede que sea apenas uno de los más pequeños y desconocidos de todo el país. Más conocidos, y más ocupados –y silenciosos–, son la Casa Zen en Heredia, o la Organización Soka Gakkai Internacional en Sabana Norte. Ambos centros practican diferentes tipos de budismo: budismo zen y budismo nichiren respectivamente.

No hay una sola persona que no esté en el Zendo. El visitante no está seguro de qué tiene permitido hacer, y qué no debería hacer. Incluso piensa sentarse a esperar para evitar una equivocación, y el enojo del monje sonriente. No querría que el monje dejase de sonreír, pero su curiosidad le gana. El visitante deambula por el templo con un poco de desconfianza, se topa con fotos de monjes alrededor del mundo, y puertas, puertas, puertas. Cerradas, no debería abrirlas. Sigue caminando hasta encontrarse con otra puerta más, pero esta vez es diferente a las demás. Es mucho más grande, tiene aspecto metálico aunque, claramente, es de madera. Es roja como tantas otras cosas del templo. “La puerta del Zendo” presume. Pero no, el monje sonriente había tomado otro camino. Se atrevió a abrirla y se topó con una biblioteca enorme e intrigante. Empezó a revisar los libros. Todos y cada uno contenían la palabra “Buddha” – o un derivado– en su título. “¿Qué diferencia tendrían entre sí?”.

El visitante abandona la biblioteca y sigue su camino hasta el centro del templo, donde se topa con una gran fuente. La estatua de Buddha en la parte superior de la fuente no puede faltar. En el agua peces con tonos naranjas, blancos y negros. El ambiente lo hipnotiza, y se pregunta si será esa la paz que tanto disfruta el monje sonriente. Sus pensamientos son interrumpidos por un señor. No tiene ojos rasgados, ni la cabeza rapada; pero si está envuelto en telas, e imita la sonrisa amable del monje sonriente.

- Hola joven, soy Eduardo, disculpe la espera. Ya son las 9.

“¡Este si habla!”. El visitante ya no está seguro de quien es su favorito en el templo. Si el monje sonriente, por su sonrisa amable. O si Eduardo, porque él sí habla.

- Buenos días. Me encuentro buscando informac…
- Acompáñeme – interrumpió Eduardo al visitante –. Pase el día con nosotros.

El visitante se emocionó con la propuesta de Eduardo. Había pasado de querer un poco de información, a vivir la información que buscaba. A partir de ese momento, las cosas fueron sobre ruedas.

El resto de la mañana transcurre mientras Eduardo y el visitante conversan en la biblioteca. El visitante se siente sorprendido porque las magnitudes del budismo son mayores de lo que pudo imaginar. Según la mañana en la biblioteca, en el mundo hay aproximadamente 376 millones de budistas, siendo la cuarta religión más grande del mundo. En Costa Rica habitan unos 96.000 budistas. Es decir el 2% de la población costarricense. Esta cantidad está compuesta principalmente por inmigrantes chinos, japoneses y coreanos. Sin embargo, también existe una gran cantidad de costarricenses conversos. Como Eduardo, quien asegura haberse encontrado a sí mismo en el budismo. “Dejé de creer en Dios. Estaba abierto a nuevas opciones. Fue un amigo, mi maestro de yoga, que me dijo que era budista. Lo empecé a practicar y cuando empecé a meditar todo encajó. Entendí que este es mi camino y no tengo más dudas”.

A la hora del almuerzo, el visitante piensa que es prudente despedirse y dejar que los miembros del templo coman sin molestia alguna. Pero la invitación de Eduardo lo convence de quedarse a compartir un almuerzo vegetariano. Una gran habitación, una mesa baja sobre una alfombra, los comensales sentados en la alfombra, y sobre la mesa: té, pan, vegetales, lácteos, mermeladas, entre otras cosas que conformaban un enorme banquete vegetariano. El visitante, que siempre se ha considerado un carnívoro empedernido, no le arruga la cara al almuerzo, y junto con los 10 miembros del templo presentes se dispone a disfrutar de la comida.

En medio del almuerzo nadie habla. El monje sonriente está sentado a la cabeza de la mesa. El visitante tiene demasiadas preguntas encima, es su instinto. ¿De dónde son los miembros del templo?, ¿es el monje sonriente su líder?, ¿por qué solo comen vegetales si el cantones tiene de todo?, ¿cómo consiguen dinero?, ¿están aquí todos los miembros del templo? ¿cómo se llama el monje sonriente? Su inquietud es evidente, y Eduardo, uno de los 3 con aspecto no-asiático, le indica que coma tranquilo, que pronto habrá tiempo para conversar más.

Terminado el almuerzo, el visitante no sabe qué hacer. No sabe si puede levantarse de la mesa o si puede hablar. Los demás solo están ahí, satisfechos de lo que acaban de comer. Disfrutando de la comida como si aún la estuviesen masticando. El visitante inventa una salida del momento incómodo, necesita ir al baño. Se lo comunica a Eduardo que se encuentra a su lado, y este dirige la mirada hacia el monje sonriente. El monje sonriente se levanta, como si se hubiesen comunicado con la mente, y al pasar por detrás del visitante le toca un hombro en señal de que lo siga.

El visitante emocionado, porque al fin tendría la oportunidad de hablar con el monje sonriente, se levanta y lo sigue en su camino. Al salir de la habitación, lo alcanza y camina a su lado.

- Qué bueno que ya paso la hora del silencio. Mucho gusto, mi nombre es…

Interrumpido una vez más, el visitante detiene sus palabras. El monje le hace señas. A lo que él entiende, el monje le indica que aún no puede hablar. O dado el caso, que no puede, o debe, hablar del todo.
Entran a una habitación. El visitante, por lo que investigó, reconoce inmediatamente el Zendo. El monje sonriente lo invita a sentarse en un Zafu. El visitante acepta la invitación. Se sienta, y empieza a mirar a su alrededor. Los cojines, las estatuas, el incienso, el asiático sonriente, que no habla, en frente suyo. ¿De verdad está en Costa rica, en Pavas?

El monje sonriente posa sus manos sobre la cabeza del visitante, y el impulso de cerrar los ojos es inevitable. Son las 2 p.m. Música instrumental, más preguntas, “que lleno estoy”, las manos se retiran de la cabeza, pero los ojos siguen cerrados. De repente nada.
Un pensamiento cruza la mente. Los ojos se abren instintivamente. “¿Qué pasó?”. Son las 2:15 p.m. El monje sonriente no está. Eduardo sí. Está sentado en su Zafu, viendo al visitante. Tiene cara burlona, en respuesta a la cara de sorpresa del visitante.

- ¿Te gustó meditar?
- ¿Cómo meditar? Me desconecté.
- Claro, aun no lo entendés. ¿Pero lo sentiste verdad?
- No sé, no sentí nada. Nada.
- Exacto. Y fueron apenas 15 minutos.

El visitante se siente confundido. ¿15 minutos? Podría jurar que fueron dos minutos. O dos horas. No está seguro. Eduardo le explica que pronto empezará el siguiente turno de meditación silenciosa, que termina hasta las 5 p.m. Y que entonces el visitante no tendría mucho más que hacer ahí. El visitante se dispone a despedirse, pero Eduardo le pregunta por sus preguntas, sin valer la redundancia.

- ¿De dónde son los miembros del templo?
- La mayoría son chinos, pero también hay 8 costarricenses, entre esos estoy yo.
- ¿Por qué solo comen vegetales si el cantones tiene de todo?
- Risas. A pesar de que practicamos el budismo nahayama, el budismo en general no tiene doctrinas estrictas a seguir. Acá elegimos ser vegetarianos, al lado pueden comer carne, y somos todos los mismos.
- ¿Están aquí todos los miembros del templo?
- No, hoy solo estamos 10. En total somos 28.
- ¿Cómo consiguen dinero?
- Esa es la razón por la que solo estamos 10 hoy. Nos turnamos para trabajar y aportar dinero al templo. A veces nos turnamos por días o por semanas. Siempre intentamos ajustarnos a las conveniencias de todos.
- ¿Es el monje sonriente su líder?
- Sí.
- Qué respuesta más seca don Eduardo – al parecer el visitante ya le había tomado confianza – me gustaría saber más de él. ¿Cómo se llama el monje sonriente?
- Fue un gusto haberte recibido hoy. Esperamos que volvas a visitarnos.

El visitante comprende que no tendrá respuesta para esa pregunta. Estrecha la mano de Eduardo. Se pone sus zapatos, que había dejado en la entrada, amarra los cordones. Ajusta su bulto y su sombrero. Y se despide con la mano. Sonriendo, como el visitante sonriente.